
Era una niña pequeña y a su manera muy curiosa, siempre pensando en los mecanismos que mueven el mundo, ¿por qué nuestros objetos están aquí?, ¿cómo se mueven las personas, los animales, nuestros objetos? Estos permanecen a veces inmóviles otras veces entran y salen, y aún más cambian de forma, bajo circunstancias a veces inexplicables.
Es solo su imaginación, me digo a menudo, porque quien sabe que hay allá en el lejano pasado de una persona, un pasado que parece inasequible y eternamente oscurecido en las posibilidades.
El lector que quiere saber, me pregunto. El lector busca historias auténticas, esas historias que no son creadas y curadas por inteligencia artificial. Decimos, yo quiero el producto real. No quiero historias plagiadas y mezcladas de una forma tan extrema que todos los autores estilos y épocas se mezclan en una confusión infinita de formas y de palabras.
Al parecer es cierto que no recuerda, la cita anterior es solo una versión romántica de lo que debió ser, de lo que pudo ser, y que no alcanzamos a discernir si en algún universo pudo ser real.
Al observar sus respuestas, me pareció ver que todo lo que tenemos es alguna clase de amor, por la vida, nuestra vida, la de otros, pero que no alcanzamos a concretar de forma exitosa.





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